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  CLUB BATMAN SPAIN
  JUEZ DREDD
 
NÉMESIS


However much it hurts

However much it takes

Believe and all your dreams will all come true

However hard it gets

However much it aches

Always believe in me

As I believe in you...


The Cure


1

SECTOR 44


La “Ley Maestra” descendió el paso elevado a doscientos kilómetros por hora. El motor rugió, mientras el vehículo recorría la plataforma que se perdía entre los rascacielos interminables del Sector 44. Detrás de los Bloques Frank Sinatra, en dirección sudeste, las 600 plantas del Museo Mega City se recortaban bajo el cielo ensombrecido. Dredd apretó el acelerador. A su diestra, un panel retransmitía en directo el encuentro final de la Superbowl CXXXIV. Las imágenes de los jugadores biónicos destrozándose a golpes sobre el campo de juego no le interesaban en absoluto.


Anochecía, La Fiebre de la Noche del Domingo llegaba a su cenit. Las calles habían sido invadidas por el caos: guerras de bloques, atracos, manifestaciones, actos terroristas, tráfico de drogas, prostitución, razzias y millones de incidentes más, que serían el preludio de una semana colmada de delitos. Dredd estaba preparado para afrontar cualquier crimen. La radio transmitía los acontecimientos de las últimas horas:


Arrestos de Código 249: 1.654. “Cubos” llenos en los Sectores: 23, 55, 68 y 147. Detenida una nueva oleada de Reventadores en el Sector 27. Atención, todas las unidades cercanas a la Plaza George Bush acudan al Bloque Casablanca, posible kamikaze humano. Repito, todas las unidades...


Dredd recordó los datos aprendidos en la academia. Sector 44. Apodo: El centro. Superficie: 32. 000 km2. Habitantes: 50.000.000. Densidad de Población: 156.000 personas por km2. Niveles: 100. La Hora Feliz (tal como la definían los Jueces) había llegado: era el momento de volver a casa, olvidar la jornada, y tomar un merecido descanso. La motocicleta se internó bajo las arcadas empresariales coronadas por anuncios publicitarios. Por el momento, todo estaba relativamente tranquilo, pero aquella calma no le gustaba, intuía que tarde o temprano, alguien infringiría la Ley.


Dredd llevaba 48 horas ininterrumpidas de patrulla. Gracias a los I.R.T. (Inductores de Relajación Total) del Departamento de Justicia continuaba de servicio. Las Máquinas de Sueño condensaban en diez minutos el descanso de toda una noche. En aquel instante, se encontraba fresco, atento y relajado: su cuerpo demandaba acción. Control hizo una llamada.

—Control a Dredd. Acuda al Bloque Elvis Presley. Un varón llamado James Reed amenaza con saltar desde la planta 115.

El Juez contestó secamente:

—Recibido.


La “Ley Maestra” giró, cambió de sentido y se dirigió hacia su objetivo a toda velocidad. El gigantesco rascacielos octogonal creció y ocupó su campo visual. Metódico, el Juez revisó la información de que disponía: una pantalla iluminó el tablero de mandos del vehículo.


Sujeto: James Reed.

Nacido: 3 de Septiembre del 2074. Mega-City Dos.

Edad: 36.

Estatura: 178 cm.

Peso: 85 Kg.

Características distintivas: Numerosas.

Intervenciones biónicas:

2.097: Trasplante en la parte posterior del bulbo raquídeo.

2.101: Injerto toma de datos en la mejilla derecha.

2.106: Brazo izquierdo, sustitución robótica.

Profesión: Programador Informático.

Dirección: Apt. 4.567B. Bloque Elvis Presley.

Diez minutos más tarde, Dredd aparcó fuera del edificio. Un deslizador en segunda fila entorpecía la circulación que ascendía por la carretera aglomerada. De inmediato, llamó al departamento; no tenía tiempo de ocuparse de aquella cuestión personalmente.

—Dredd a Control. Vehículo Chevrolet mal estacionado delante del Bloque Elvis Presley. Matrícula: 3.478. Violación Código 88. Seis meses de rehabilitación en el “Cubo” para su propietario.

Control respondió:

—De acuerdo, Dredd.

Con grandes pasos, penetró en el lujoso hall del edificio, ignorando la riqueza que lo rodeaba. El recibidor parecía extraído de una película del Siglo XX: recepción, fuente de agua, escaleras de mármol y reproducciones de Jackson Pollock colgadas de las paredes. Dredd torció los labios. El uniforme negro de los Jueces se amoldaba a su anatomía como una segunda piel: casco, hombreras metálicas, placa dorada, cinturón de combate, guantes aislantes y botas de caña alta. Sobre el muslo derecho, su Legislador destellaba en la funda de cuero, preparado para ser utilizado en cualquier momento. Un recepcionista lo abordó.

—Buenas noches, Juez Dredd.

Dredd despreciaba los formalismos.

—¿Dónde está Reed?

El hombre temblaba de miedo ante su presencia.

—En su vivienda, apartamento 4.56...

El Juez lo interrumpió.

—Gracias por su colaboración, Ciudadano.


Rápidamente, se aproximó al ascensor más próximo, oscilando los hombros con seguridad. Entró en el cilindro acolchado y pulsó la planta 115. Al llegar arriba, las puertas se abrieron a ambos lados. Un pasillo pintado de color azul se perdía de izquierda a derecha. Dredd eligió la primera opción, sus botas quebraron la quietud de la noche y levantaron ecos. Un escalofrío recorrió su espina dorsal, el rascacielos estaba demasiado silencioso, aquello no era normal, menos cuando los Old Town Rats se enfrentaban a los Radiators en televisión. Dredd dudó, su sexto sentido nunca fallaba, tentado en pedir refuerzos. El orgullo se lo impidió, resolvería el caso solo; un suicida no era nada para un Juez de su categoría. Estaba delante del apartamento. De una patada, arrancó la puerta de los goznes, irrumpiendo en la vivienda con el índice en el gatillo del arma. Su exclamación hizo temblar las paredes:

—¡Alto en Nombre de la Ley!


2


JUEZ MUERTE

Dredd recorrió su entorno con la mirada. En el balcón, un hombre permanecía en pie sobre la cornisa de cemento: el viento agitaba sus cabellos rubios.

—¡James Reed! —bramó—. ¡Queda usted detenido!

Reed se volvió, mortalmente pálido, y contestó con voz lastimera:

—No se acerque, Juez Dredd.

Dredd atravesó el salón, sin dejar de apuntar a su objetivo, irritado.

—Lo que hace es ilegal —puntualizó—. Baje de inmediato si no quiere terminar en la Isla del Diablo.

El hombre estuvo apunto de caer al escuchar el nombre del espantoso centro penitenciario.

—No puedo hacerlo, su señoría.

El Juez decidió seguirle el juego, debía ganar tiempo, el suficiente para atraparlo e impedir que se arrojara al vacío.

—¿Por qué?

Su objetivo vaciló durante unos segundos.

—¡Respóndame, gusano! —restalló Dredd—. ¡O le encerraré de por vida!

Reed chilló, aterrorizado:

—¡Porque El Juez Muerte me lo ha dicho!


Un soplo de aire helado acarició la espalda de Dredd: una mano intangible, áspera, que prometía el peor de los destinos. De un salto, se apartó a un lado, esquivando el ataque enemigo. Una sombra alargada cubrió la estancia y absorbió la luz que entraba por la ventana. Entre las tinieblas percibió a su némesis: el casco negro, los dientes afilados, el uniforme en jirones, las manos desproporcionadas, y la placa con forma de calavera. El hedor a carne podrida lo mareó y una arcada recorrió su estómago; jamás terminaría de acostumbrarse a la pestilencia que emanaba de su oponente. La voz rasposa de Muerte lo estremeció:

—Hass ssido juzgado —siseó—. Debess morir para que sse haga Jusssticia.

Dredd levantó el Legislador.

—Perforador.

El disparo atravesó el esternón de su adversario sin producirle daño alguno. Un manto de oscuridad se abalanzó sobre Dredd dispuesto a absorber su energía vital.

—No puedesss matarme, Dredd.

Éste retrocedió y contraatacó con destreza.

—Incendiaria.

Muerte sorteó el proyectil. La detonación prendió la pared, las llamas se propagaron y levantaron una cortina dorado- rrojiza. La alarma antiincendios empezó a ulular.

—Debo erradicar el crimen de la vidda —susurró Muerte—.

Eress culpable de infringir mi Jussticia...

Los dientes de Dredd chirriaron.

—¡Hablas demasiado, perro!

Dredd intentó abatirlo, pero su oponente se movió con diabólica rapidez, propinándole un manotazo que le quitó la pistola de la diestra. Ambos rodaron por el suelo haciendo pedazos una mesa de cristal. El aliento vomitivo de su enemigo llenó sus fosas nasales. Trozos de vidrio se clavaron en su espalda. La frialdad de la Otra Dimensión penetró en sus entrañas. Dredd contuvo el aliento, desenfundó el puñal de la bota y lo hundió entre las mandíbulas cortantes. Muerte se tambaleó, el fuego lo desorientaba, inmune al dolor o al sufrimiento. Dredd aprovechó la oportunidad. Alzó las piernas y pateó el rostro de su adversario: la rejilla del casco quedó aplastada contra la nariz del Juez Oscuro. Acto seguido, enlazó tres golpes mortales: talonazo en la rodilla, gancho en el vientre y puñetazo en la mandíbula. Muerte retrocedió ante la violencia de las embestidas, furioso, con los puños crispados. Un gruñido animal escapó de sus labios putrefactos:

—¡Pagarass tusss crimeness!

Dredd recuperó el arma.

—Granada.

El impacto fue terrible. Muerte atravesó la pared y se estalló contra el pasillo, abriendo un boquete; pedazos de yeso llovieron sobre su figura. Dredd se volvió, traspasó el fuego y agarró a Reed por la camisa.

—No intente resistirse a la Ley, Ciudadano.

Su objetivo tartamudeó:

—Muerte me obligó a tenderle una trampa, señor...

Dredd no tenía tiempo de escucharlo. A empujones, sacó a Reed de la vivienda, evitando las llamas en el último segundo. Luego, arrojó a su objetivo a un lado y buscó a Muerte con el Legislador alzado. Su adversario había desaparecido sin dejar rastro.


Tres compañeros aparecieron al fondo del corredor. Dos eran novatos en plena fase de examen. Al ver a Dredd bajaron las armas. La Juez Hershey tomó la palabra.

—¿Qué ha pasado, JD?

Éste enfundó la pistola.

—Muerte ha vuelto —replicó—. Ha intentado acabar conmigo.

El trío se agitó.

—¡Mierda! —gruño Hershey—. ¡Lo que nos faltaba!

Dredd inquirió con frialdad:

—¿Qué demonios hacéis aquí?

El humo le resultaba molesto.

—Llamaste a Control hace diez minutos, ¿recuerdas?

Su actitud no cambió.

—¿Y por qué habéis subido? —preguntó—. Deberíais estar encerrando al propietario del Chevrolet.

La mujer no se molestó en ocultar su enojo.

—Pensamos que podías necesitar ayuda.

Dredd no prestó atención a su compañera.

—¡Levántese, Reed!

Su objetivo se incorporó.

—Gracias por salvarme, su señoría.

El tono de Dredd fue metálico:

—Le ha tocado el diez, amigo.

El hombre se estremeció.

—¿Diez años? —gimió—. ¿Por qué?

La poderosa figura del Juez cubrió a Reed.

—Código 145: Colaboración con un criminal. ¿Cómo se declara?

Su objetivo no dudó un instante.

—Inocente.

Dredd esbozó una sonrisa gélida capaz de helar la sangre en las venas.

—Sabía que diría eso.

Hizo una señal a los novatos.

—¡Leváoslo!



3


UNDERCITY

Dredd se detuvo en la curva de la autopista abandonada. Un carraspeo sonó detrás de su espalda. Molesto, observó a sus compañeros: el Departamento de Justicia le había asignado el equipo de la jornada anterior como refuerzo. El Juez apretó los labios, prefería trabajar solo, sus camaradas eran un estorbo. Hershey pareció adivinar sus pensamientos.

—¿Disfrutas con la compañía, Dredd?

Éste no se molestó en responder.

—Tened los ojos bien abiertos —rezongó—. Hay cosas peores que el Juez Muerte en Undercity.


Involuntariamente, acarició la culata de la pistola y estudió la decadencia que lo rodeaba. Los restos de Times Square se perdían en la oscuridad: calles abandonadas, edificios deteriorados, neones destruidos, vehículos desmantelados y parques moribundos. Después de la Guerra del Apocalipsis, el Consejo decidió enterrar la antigua Nueva York, las tasas de delincuencia, paro, enfermedades y pobreza habían llegado a un límite insoportable; fue preferible hacer borrón y cuenta nueva. A kilómetros de altura, encima de una capa de hormigón, Mega-City Uno resplandecía con su caótico esplendor. Nadie recordaba que debajo de la megalópolis reinaba la entropía: mutantes, criaturas semihumanas, mendigos, ladrones y marginados sociales.


Uno de los novatos preguntó.

—¿Cómo vamos a encontrarlo?

Las palabras de Dredd destilaron veneno:

—Evitando las preguntas estúpidas, Armstrong.

El aspirante a Juez enrojeció bajo el casco.

—Armstrong tiene razón —admitió Hershey—. ¿Cómo esperas dar con Muerte, JD?

Dredd masculló.

—Intuición.

Wagner tomó el relevo de su camarada.

—¿Podría ser más concreto, señor?

El rostro pétreo de Dredd se volvió en su dirección.

—¡Cierre el pico, novato!


Dredd escogió la calle 42. Los faros de la motocicleta alumbraron los rascacielos cancerosos mientras pasaba la plaza Times Square y enfilaba la Avenida Broadway. Sus compañeros lo siguieron sin decir nada, la fama irascible de Dredd era legendaria en el departamento, no les quedaba más remedio que obedecer a su superior, por poco ortodoxos que fueran sus métodos. Hershey añadió:

—El radar indica movimiento al norte, Dredd.

Éste asintió.

—Ya lo sé.


Preocupado, Dredd recordó la conversación mantenida con Max Normal en un mugriento callejón del Sector Doce. Esperaba que la información que el carterista le había proporcionado fuera verídica.


—Hola, Dredd.

El Juez fue directo al grano.

—Necesito encontrar a Muerte, Max.

Normal se sacudió una brizna de polvo imaginario de su Versace de cremalleras.

—Esto no será tan fácil, Dredd.

Este le agarró por las solapas, impaciente.

—¿Dónde está?

Max levantó las manos en son de paz.

—¡Tranquilo, JD! —instó—. ¡Estás demasiado tenso!

Dredd gruñó.

—Si tuvieras un demonio salido del Infierno pegado al culo tú también lo estarías.

Normal recuperó la compostura.

—He escuchado rumores...

—¡Escúpelos!

Max se arregló las puntas del bigote.

—Los mendigos de Undercity están acojonados.

—¿Por qué?

—Hablan de una criatura diabólica, de un devorador de almas y no sé cuantas chorradas más... ¿Podría ser tu hombre?

El Juez se acarició la mandíbula cuadrada.

—¿Estás seguro de lo que dices, Max?

Normal se encogió de hombros.

—Al principio pasé del tema. Pensé que se trataba de una Leyenda Urbana. Pero cuando dijiste lo de “un demonio salido del Infierno” recapacité. Es posible que algo de toda esta historia de miedo sea verdad.

Dredd tomó una decisión.

—Undercity es inmensa —argumentó—. ¿Por dónde puedo empezar?

Max jugueteó con su bastón de plata y ébano.

—Prueba en Times Square.

—¿Estás seguro?

—Es la mejor opción de todas.

El Juez subió a la “Ley Maestra”.

—Como me hayas mentido volveré a buscarte, Max.

Normal agitó una mano, indiferente:

—Ya me conozco el patio, JD. Código 189: Engañar a un Juez. Cinco años en el “Cubo”.

Dredd ladeó la cabeza:

—Te equivocas, Max, ahora son veinte años.

Max no se dio por aludido.

—Suerte, Dredd.

Como era lógico, no deseaba darle explicaciones a nadie; le avergonzaba admitir que había recurrido a un soplón para encontrar la pista del Juez Muerte. Al principio, los tres se negaron a bajar a las catacumbas de la ciudad, tuvo que recurrir al reglamento, de lo contrario nunca los hubiera convencido. Los tiempos cambiaban vertiginosamente, los Jueces de su promoción desaparecieron hacía años, ahora las calles estaban llenas de advenedizos recién licenciados; lo ideal para que la Orden se viniera abajo, derrumbada por la incompetencia de sus nuevos soldados. Dredd sacudió la cabeza, no debía perder el tiempo con aquellos pensamientos; la misión encargada por el Juez Supremo era prioritaria, el resto carecía de sentido.


Al doblar la esquina, una visión de pesadilla apretó sus entrañas: un centenar de cadáveres yacían en el suelo, inertes, con expresiones angustiadas en los rostros desencajados, aniquilados de la manera más horrible posible. Un espasmo de rabia recorrió sus miembros, mataría a Muerte fuera como fuera, aquello era algo personal, sobreviviría el mejor de ambos. Hershey detuvo la motocicleta.

—¡Drokk! —musitó—. Muerte ha perdido la cabeza.

Los novatos palidecieron.

—Vigilad vuestra espalda —indicó Dredd—. Nuestro objetivo puede estar en cualquier parte.

Indiferente, echó una mirada superficial a los cuerpos: eran los desechos que habitaban debajo de Mega-City Uno, nadie los extrañaría. El Juez Oscuro había realizado una buena limpieza. La “Ley Maestra” anunció:

—Enemigo localizado a doscientos metros.

De inmediato, el cuarteto se lanzó hacia delante y descargó las ametralladoras pesadas contra su oponente. Muerte brincó desde un apartamento vacío y esquivó los proyectiles de plasma. Las detonaciones pasaron por encima de su cabeza y destrozaron la fachada del edificio.

—He venido a traer la Ley a esta ciudad —susurró el Juez Oscuro—. La Ley ddde la Muerte...

Los novatos perdieron el control de sus actos.

—¡Cuidado! —gritó Dredd—. ¡No permitáis que os toque!

Fue demasiado tarde, la diestra de Muerte atravesó el pecho de Armstrong, arrebatándole la vida con horripilante satisfacción.

—¡No podráss evitar mi Justicia, Dreddd!

El Juez descolgó el arma suministrada por la Unidad de Defensa Psíquica del Departamento.

—¡Cubridme! —ordenó—. ¡Lo enviaré al Infierno!

Sus compañeros utilizaron balas incendiarias, una pared de fuego encerró a Muerte y lo aisló dentro de un círculo letal. Muerte bramó:

—¡Acabaré con vosotross! —amenazó—. ¡No podéiss matar lo que no tiene vidda!

Dredd apretó el gatillo, una esfera plateada surgió del cañón del arma y golpeó al Juez Oscuro, abriendo una puerta que conectaba con la Otra Dimensión.

—¡Salid de ahí! —vociferó Dredd—. ¡Rápido!

Una corriente de aire lo impulsó hacia su oponente, arrastrándolo al vórtice del tornado con una fuerza centrifugadora irresistible. Hershey perdió el equilibrio y su cuerpo salió despedido del vehículo, deslizándose sobre la acera barrida por el viento.

—¡JD! —suplicó—. ¡Ayúdame!

Wagner sufrió el mismo destino que su compañera: su anatomía voló de la motocicleta y aterrizó a los pies del Juez Muerte. El novato levantó las manos, un grito estremecedor fue su epitafio, antes que su enemigo lo tomara entre sus corruptos brazos. Dredd sacó el Legislador de la funda, sólo tenía una oportunidad, si fallaba su némesis terminaría con todos.

—Granada.

La explosión precipitó al Juez Oscuro dentro del portal. Su figura se desvaneció en la oscuridad a cámara lenta, desapareció del mundo real y se convirtió en un diminuto punto que clamaba desde la lejanía:

—¡Volveré parrra juzgarte, Dredd!...

Dredd volvió a disparar: el estampido selló la puerta del inframundo de donde procedía la criatura. Un apestoso olor a azufre flotó en el aire durante unos segundos, después la niebla azulada se difuminó: la Ley había vencido. Con cierta brusquedad, auxilió a la mujer a ponerse en pie.

—Todo ha terminado, Juez Hershey.

Su camarada observó los cuerpos inertes de los novatos.

—Una pena —lamentó—. Ni siquiera se habían graduado.

Dredd fue implacable:

—Sabían a lo que se atenían —respondió—. Han muerto por una causa justa.

Su compañera se colocó el casco, hastiada.

—Nunca te ha importado la suerte de los demás, ¿verdad?

El Juez Dredd enfundó la pistola.

—Lo único que me importa es la Ley.

FIN

Alexis Brito Delgado


 
   
 
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