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  CLUB BATMAN SPAIN
  Alexis Brito
 




En esta historia Alexis Brito hace suyo el personaje de Batman en su época de El regreso del Caballero Oscuro. Un Batman más siniestro que nunca.


Un Batman que ya no es joven.
Un Batman que ha estado oculto durante la última década.
Un Batman que lleva cuarenta años atormentado, viviendo con su pesar.
Un Batman... capaz de matar.

 
EL FIN ES EL COMIENZO DEL FIN


The sewers belch me up
The heavens spit me out
From ethers tragic I am born again
And now I'm with you now
Inside your world of wow
To move in desires made of deadly pretends
Till the end times begin…

THE SMASHING PUMPKINS



VESPERTILLO

Gotham, con su esplendor y decadencia, se extendía hasta el horizonte, iluminada por luces eléctricas que convertían los rascacielos, fábricas, torres, refinerías y bloques de oficinas, en brillantes microchips. El Caballero Negro recorrió la azotea, ignoró la pesada lluvia que golpeaba su cuerpo y saltó entre dos edificios. Abajo, a un kilómetro de distancia, en la calle aglomerada, los vehículos de la policía cortaban la circulación en un radio de varias manzanas. Durante un segundo, su figura se recortó en el aire, los pliegues de la capa remolinearon alrededor de su cuerpo, antes de aterrizar sin emitir sonido alguno. Con precisión matemática, sacó la pistola del cinturón, apuntó a una cornisa de aspecto sólido y apretó el gatillo del arma. El arpón traspasó el saliente de un lado a otro. Batman comprobó la firmeza del amarre: todo estaba bajo control. Se balanceó treinta metros, llegó a un balcón oxidado, ascendió por una escalera de emergencia y trepó al tejado del apartamento: había llegado a su objetivo. Un relámpago destelló en la oscuridad, rasgó la madrugada, e iluminó su poderosa figura. La voz del comisario James Gordon llegó débilmente a sus oídos desvirtuada por la lejanía.
—¡Quedan todos detenidos! —ordenó—. ¡Salgan con las manos en alto y nadie resultará herido!
El Señor de la Noche encajó los dientes, Gordon cometía un error, intentar razonar con los Mutantes era una pérdida de tiempo, estos sólo entendían el lenguaje del miedo. Metódico, revisó mentalmente el contenido de su cinturón multiusos: explosivos plásticos, ganzúas, ampollas de gas nervioso, cables, batarangs, analgésicos, bombas de humo, lásers y proyectiles de urolito. Todo estaba en su sitio, actuar cuanto antes era una prioridad fundamental. Un calambre recorrió sus hombros, la subida empezaba a pasarle factura, mañana le dolerían todos los músculos del cuerpo. De inmediato, relegó el malestar que le suponían sus miembros magullados a un segundo plano, tenía cosas más importantes por las que preocuparse, vidas inocentes dependían de sus acciones. Se detuvo un momento para recuperar el aliento, maldijo el peso de la edad e inspiró una profunda bocanada de aire. Con rapidez, se aproximó a la claraboya y a través de los cristales sucios, estudió a sus enemigos: cuatro Mutantes aferraban armas de calibre pesado bajo su posición. Batman ajustó el neurotransmisor en su oreja. Uno de ellos dijo nervioso:
—¡Tenemos que pirarnos ya, Rob!
El gigante de dos metros de altura gruñó:
—¡Cierra la boca, capullo!
Instintivamente, analizó al que parecía el jefe del grupo: ropas de cuero, cabeza afeitada, gafas espejo y botas militares. Su anatomía estaba modificada por injertos musculares artificiales, podría matar a cualquiera de un puñetazo, un detalle a tener en cuenta en caso de librar una lucha cuerpo a cuerpo. Él tendría que utilizar sus trucos para vencerle, Rob debía ser el primero en caer, los demás perderían el control al ver a su cabecilla derrotado. Otro Mutante intervino:
—Tim tiene razón —instó—. La bofia entrará de un momento a otro.
Rob masculló:
—Nadie se moverá de aquí hasta que yo lo ordene, ¿entendido?
El joven situado a su izquierda le dio la razón:
—¡Acabaremos con esos perros! —gritó—. ¡Nos los llevaremos por delante!
El último, entusiasmado, vociferó el lema de la banda:
—¡Rajar y picar! ¡Rajar y picar!
El Caballero Oscuro sacó el cable del cinturón y lo trabó en el centro del armazón del tragaluz. ¿Dónde estaría la monja que habían secuestrado? Entornó los ojos bajo la máscara, molesto por la tormenta incesante, sin conseguir localizarla por ninguna parte. Después del manto de calor, opresivo y aniquilador que arrasó Gotham durante las últimas semanas, la lluvia no le proporcionaba ningún alivio. Llevaba demasiados años encerrado en la Mansión Wayne, intentando borrar el pasado que lo atormentaba. Batman sacudió la cabeza y apartó sus remordimientos. No valía la pena arrepentirse de sus actos, lo sabía por experiencia propia, pero ello no lo auxiliaba a olvidar que la ciudad había sufrido durante su ausencia. Tenía diez minutos antes de que la policía irrumpiera en la vivienda, tiempo más que suficiente para ocuparse de sus enemigos y desaparecer. La orden de busca y captura del Alcalde continuaba en pie, su amistad con Jim Gordon no serviría de nada si era apresado. En lo alto del bloque, ante las Torres Gemelas de Gotham, una sensación de orgullo, de poder sin límites, invadió su interior y calmó las pesadillas que desvelaban sus noches. Su silueta se precipitó hacia delante. La claraboya estalló en mil pedazos, fragmentos de cristal llovieron en todas las direcciones y un bramido de terror inundó las gargantas de los Mutantes.

 


BARBASTELLA

... mientras se desplomaba en el vacío, la sorpresa le cerró las cuerdas vocales y ahogó su chillido de pánico. Durante unos segundos, Bruce tuvo la impresión de que la caída sería eterna, hasta que chocó contra el suelo con brusquedad. Conmocionado, levantó la cabeza. Un gemido de dolor escapó de sus labios, le ardía la pierna derecha, puede que estuviera rota. Entonces, fue consciente de la negrura que lo envolvía como un manto horripilante. Su corazón comenzó a latir descompasadamente, una sensación de desamparo arañó su corteza craneal y quebró sus nervios a flor de piel. Bruce tembló de miedo y de frío. La cueva parecía interminable, llena de fantasmas intangibles, de malos presagios imposibles de definir. Tosió, asfixiado por el hedor penetrante, una mezcla de siglos de humedad, vegetación muerta y putrefacción. Un sonido impreciso llegó a sus oídos. Su alma se encogió, no estaba solo, algo lo acechaba entre las tinieblas. Las sombras se rompieron. Una docena de murciélagos levantó el vuelo, el aleteo de los animales lo obligó a gritar de terror, mientras chocaban contra su cuerpo. Involuntariamente, Bruce se llevó las manos al rostro, intentando protegerse de las bestias que su caída había alarmado. Segundos más tarde, estaba solo, los animales desaparecieron. Con lentitud, unos ojos enrojecidos se aproximaron a su persona y llenaron sus sentidos. Hipnotizado, fue incapaz de retroceder, la bestia era un ser puro, hermoso y letal, que cruzaba la oscuridad consciente de su propia grandeza. Algo se desgarró en su interior y llevó sus emociones a un punto límite: el murciélago lo había poseído para siempre...


MYOTIS

El Señor de la Noche tomó tierra. Una cápsula de humo chocó contra el suelo y expandió su contenido dentro de la estancia. Rob levantó el arma, el cañón de la ametralladora apuntó a Batman, dispuesto a enviarle una rociada de trazadoras de mercurio. Velozmente, un batarang surcó la habitación y se clavó en la mano de su oponente. El Mutante berreó de dolor, tenía la palma atravesada, la sangre salpicó la pared situada a su espalda. De un salto, el Caballero Oscuro esquivó una andanada de proyectiles y rodó por la habitación: la humareda gris impedía que sus adversarios lo localizaran. Al instante, derribó a un Mutante de una patada, el golpe estuvo apunto de romperle la columna vertebral. El joven se derrumbó de bruces y vomitó la comida que llevaba en el estómago. Batman se refugió en la oscuridad reconfortante, protectora, que lo ayudaba a atemorizar a sus enemigos. Rob bramó con los ojos llenos de lágrimas:
—¡Te mataré! —prometió—. ¡Lo juro por Dios!
El Señor de la Noche respondió con voz ronca:
—¡Adelante, bastardo!
El Mutante corrió en su dirección, enloquecido por la rabia, con la intención de aplastarlo. El Caballero Negro se inclinó en el último instante, hizo palanca con todo su cuerpo y arrojó a Rob por encima de su cabeza. El Mutante abrió un boquete en la pared, el impacto le hizo perder el sentido, de no ser por los implantes musculares tendría el cuello roto. Batman botó hacia atrás, las balas le lamieron las costillas superiores, no pensaba darle una segunda oportunidad a su enemigo. Un proyectil de urolito se hundió en el cuello del hombre que lo atacaba y lo derrumbó, inconsciente, antes de que tocara el suelo. El último oponente giró, soltó la Smith & Wesson y salió disparado hacia la puerta. El Señor de la Noche arrojó un cable, envolvió las piernas del Mutante y le hizo perder el equilibrio. Tim arañó las planchas de madera.
—¡Mamá! —suplicó—. ¡Ayúdame!
Su terror causó placer a Batman.
—Demasiado tarde, cachorro.
Como un animal hambriento, se abalanzó sobre el Mutante, quedó a horcajadas sobre su anatomía y lo obligó a que lo mirara a la cara. Su sombra lo cubrió de un modo amenazador.
          Batman
—¿Dónde está la hermana Sarah?
El joven se retorció, inútilmente, intentando escapar.
—No lo sé.
El Caballero Oscuro le golpeó el rostro. Las gafas de cristales semiopacos salieron disparadas al otro extremo de la estancia. Las pupilas del muchacho se dilataron como platos. El traje negro lo sobrecogía de un modo espantoso.
—¡Mientes, gusano!
Tim se orinó encima. Un charco amarillento se formó a la altura de su entrepierna. La vergüenza coloreó sus mejillas de un intenso tono carmesí.
—¡Te digo la verdad, Batman!

El Señor de la Noche sabía que los jóvenes consideraban su existencia un mito. Llevaba una década encerrado en sí mismo, reprimiendo al murciélago durante noches interminables, vencido por pesadillas espeluznantes. El momento había llegado, las nuevas generaciones lo conocerían y lo temerían, ninguno estaría a salvo de su presencia. Su lucha contra el crimen no había terminado: el asesinato de Jason a manos del Joker no sería en vano.

Batman decidió cambiar de táctica.
—¿Quién lo sabe? —rezongó.
El joven señaló al líder de la banda.
—¡Rob! —confesó—. ¡Él lo sabe todo!
El Caballero Oscuro soltó al Mutante.
—Espera a que llegue la policía —ordenó—. Como no me hayas dicho la verdad volveré a por ti, cachorro.
Después de aquella lección esperaba que el muchacho no volviera a meterse en problemas.
—De... de... acuerdo.
Tim abrió los ojos, Batman había desaparecido, llevándose a Rob consigo. La policía echó la puerta abajo. Le aguardaba una temporada entre rejas.
—¡Arriba las manos!



EPTESICUS

Confundido, Bruce contempló las figuras inertes de sus padres, que yacían a sus pies en un charco de sangre. El dolor le impedía respirar, acababa de perder a su familia, ambos habían sido ejecutados con disparos a quemarropa. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas y llenaron sus labios con su sabor salado. Bruce alzó los ojos, los sollozos le impedían ver el callejón cubierto de basuras con nitidez: un cartel de La Marca del Zorro colgaba en la pared de enfrente. La imagen de Tyrone Power le dio ganas de vomitar, odiaba aquella película, si no hubiera insistido en ir a verla, sus padres continuarían con vida. Un acceso de culpabilidad lo embargó, no merecía seguir despierto, las balas tenían que haberlo acribillado. Inmóvil, apretó la diestra de Thomas Wayne y buscó un atisbo de consuelo, sin éxito. La mano rígida de su padre se enfriaba por momentos. A un metro, su madre, Martha Wayne, estaba retorcida sobre su propia figura, las perlas de su collar la rodeaban como una lluvia de neón. Poco a poco, el sufrimiento dio paso a un resentimiento abrasador. Detestaba a la humanidad, aborrecía al asqueroso ratero que exterminó a su familia, y sobre todo, se despreciaba a sí mismo con toda su alma. Bruce deseó arrasar la ciudad, destruir la delincuencia que asolaba sus calles y terminar con su patética existencia. Un lamento lo traspasó, estaba mutilado, espiritualmente, nunca volvería a sentirse completo, aquel era el precio que tendría que pagar por haber sobrevivido...


LASIRIUS

El Caballero Oscuro bajó del Batmóvil. El enorme vehículo parecía un tanque, su tamaño superaba el de cualquier coche corriente: ideal para recorrer las calles de Gotham sin ser molestado. Mientras se aproximaba a la nave industrial, pensó que su obsesión lo había hecho vagar por el mundo, buscando el conocimiento, entrenándose con los mejores maestros, para combatir el mal que arruinaba la ciudad. Jamás logró librarse del dolor de perder a sus padres, llevaba cuarenta años queriendo borrarlo, por ello tuvo que refugiarse bajo el manto del murciélago, fue la única manera de darle sentido a su existencia. Algo se retorció en su interior, gruñendo, instando a que diera rienda suelta a sus demonios personales. Batman apretó los puños, debía mantener el control, había estado cerca de liquidar a Rob, no podía permitirse el lujo de jugar sucio a aquellas alturas. El interrogatorio del Mutante regresó a su memoria.

—Tienes dos opciones: por las buenas o por las malas, cachorro.
El Mutante le escupió a la cara.
—¡Vete a tomar por culo!
El Señor de la Noche limpió la saliva de su mejilla.
—¿Sabes dónde estás, Rob?
Rob fue arrogante.
—¡Me importa un huevo!
Una sonrisa macabra llenó los rasgos de Batman. Disfrutaba con la situación, las tinieblas lo acunaban, lo protegían de su propio reflejo, de las contriciones que lo habían transformado en un ser monstruoso. El aislamiento concedía un gran poder, pero como bien sabía, este podía conducirlo a la locura o a la autodestrucción.
—Dentro de poco pasará el tren y te hará pedazos. ¿Vas a decirme dónde está la hermana Sarah?
El Mutante se dio cuenta que estaba atado a las vías del monorraíl de Gotham. Una gota de sudor descendió por su frente. Una corriente de aire helado agitó la capa del Señor de la Noche.
Estaban a gran altura. El terror hizo mella en su insolencia.
—No... No te atreverás...
Batman lo interrumpió, implacable.
—¿Qué me impide eliminar a una basura como tú?
Rob estaba al borde del colapso.
—¡No puedes hacerlo!
Unos faros se dibujaron en la lejanía, el tren se acercaba, en pocos minutos partiría por la mitad al Mutante, sus restos alimentarían a los peces del Puerto de Gotham. El Caballero Negro exclamó, irritado:
—¡Responde!
Le había costado un infierno subir a aquel psicópata hasta el monorraíl. Una punzada de contrariedad le aguijoneó el corazón: ahora todo era mucho más difícil.
—¡La vieja está en las naves industriales del Sector Quinto!
Batman se inclinó sobre Rob. El estruendo del tren estaba sobre sus cabezas. El sudor del joven fue una delicia para su ego.
—Dame más detalles, cachorro...

El Señor de la Noche se detuvo delante de la puerta del almacén. Una gruesa cadena le impedía el paso. Un láser atravesó los eslabones y le permitió entrar. En silencio, subió unos escalones con los cinco sentidos alerta: temía la posibilidad de una trampa. Batman franqueó un pasillo rodeado por maquinaria industrial inutilizada. Más tarde, volvió a ascender otras escaleras, los containeres desmantelados le dieron mala espina. Poco tiempo después, llegó al final de la nave, todo parecía tranquilo, ningún Mutante lo atacaría por la espalda. Un olor familiar impregnó sus fosas nasales, algo no marchaba bien, había llegado demasiado tarde. Durante un segundo, lamentó haber dejado a Rob, atado como una res, en la puerta de la comisaría, vivo.

Tenía que haberlo matado, meditó. No merecía otra cosa.

De inmediato, se avergonzó de sus pensamientos, aquél no era su estilo, la rabia acumulada le hacía olvidar el límite que se impuso décadas atrás. Un viejo recuerdo cruzó su mente.

Con lentitud, unos ojos enrojecidos se aproximaron a su persona y llenaron sus sentidos. Hipnotizado, fue incapaz de retroceder, la bestia era un ser puro, hermoso y letal, que cruzaba la oscuridad consciente de su propia grandeza. Algo se desgarró en su interior y llevó sus emociones a un punto límite: el murciélago lo había poseído para siempre...

El cadáver de la monja apareció detrás de una pila de cajas desordenadas. Su masa cerebral estaba desparramada por los suelos cubiertos de polvo. Temblando, reconoció el calibre del arma: Smith & Wesson 627-V. La misma que había visto en manos de Tim una hora antes. Los remordimientos lo hicieron estremecer.

Un acceso de culpabilidad lo embargó, no merecía seguir despierto, las balas tenían que haberlo acribillado. Inmóvil, apretó la diestra de Thomas Wayne y buscó un atisbo de consuelo, sin éxito. La mano rígida de su padre se enfriaba por momentos. A un metro, su madre, Martha Wayne, estaba retorcida sobre su propia figura: las perlas de su collar la rodeaban como una lluvia de neón...

El Caballero Negro inclinó los hombros, deprimido, había vuelto a fracasar...


FIN



Alexis Brito Delgado, 2008









 
   
 
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